Los mapas, esas ficciones reales


FONTE Ñ REVISTA DE CULTURA DEL CLARÍNhttp://www.revistaenie.clarin.com/ideas/mapas-ficciones-reales_0_1110488944.htmlideas 28/03/04

Los mapas, esas ficciones reales

Sobre los viejos mapas como espacios de expresión para la ficción, esas copias imperfectas donde le mundo se inventa.

 De vez en cuando siento nostalgia por aquellos tiempos en que el sostén de nuestras dudas eran los diccionarios y las enciclopedias. Ahora que toda certeza parece estar al alcance de un clic, se han perdido los desvíos y las bifurcaciones a los que nos conducía cualquier búsqueda en el papel. En mi caso, uno de esos libros de consulta placentera era (es) la Guía de lugares imaginarios de Alberto Manguel y Gianni Guadalupi (Alianza Editorial, 1980), un compendio de las geografías que sólo existen en la ficción, desde la Ciudad Esmeralda de Oz o Macondo, hasta las islas del Dr. Moureau o la del Capitán Sparrow.

Ahora Umberto Eco toma un camino lateral. En un par de semanas estará en las librerías su Historia de las tierras y los lugares legendarios (Lumen), donde el semiólogo italiano arma un catálogo de aquellos lugares que se creen reales, aunque la única prueba de su existencia sean la mitología, la leyenda o la fantasía de quienes los inventaron. Algunos ejemplos: la prisión del conde de Montecristo en el castillo de If, la casa de Sherlock Holmes en Baker Street, o el sótano de Caseros y Tacuarí donde está el Aleph de Borges. Los turistas visitan esos lugares buscando las huellas improbables de una ficción.

Sin embargo, esa confusión empecinada entre el deseo y la realidad no empezó con las narraciones orales, ni siquiera en la minúscula tabla de arcilla que guarda algunos versos del poema babilónico Gilgamesh, el rastro más antiguo de escritura que conserva la humanidad. El hombre dibujó sus primeras ficciones en los mapas, esas copias imperfectas del mundo donde lo que no existía, se inventaba. A pesar de los esfuerzos de Ptolomeo por atar la geografía a latitudes y longitudes, su atlas –el primero del que se tenga noticia, creado en el 150 aC–, fue copiado durante siglos para confundir aún más a los navegantes extraviados, que nunca avistaron a los seres inquietantes que sostenían sus confines con abismos de vértigo. Una América anoréxica aparece en el mapa que el cartógrafo alemán Martin Waldseemüller terminó en 1507, confirmando que la intuición también podía representarse como verdad. Es lo que hizo el inglés James Rennell cuando en 1798 inventó de la nada la cordillera africana de Kong.

Los siglos no han cambiado las costumbres de estas ficciones mal escritas. Ahora son los intereses políticos los que hacen que el color con que los cartógrafos habían pintado las fronteras de un país ayer, se tiña de otro mañana. Así, hasta los modernos GPS quedan de pronto inválidos.

Hoy los mapas, que fueron hechos para que las personas no se pierdan, ya no tienen gente ni calendarios ni vientos. Dándole la espalda a su vocación de fantasía, amontonan demasiada información, pero ninguna historia.

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